Temperatura correcta para los diferentes tipos de vinos

En la naturaleza la temperatura juega un papel vital en el desarrollo de los seres vivos. Sucede también con la energía, cambia o se transforma dependiendo de su condición hipo o hipertérmica. Plantas y animales modifican sus estructuras vitales para adaptarse al medio. Mutan de cualidades en función de las condiciones externas. La vitis vinífera no es una excepción. Esta planta semileñosa también se ha transformado a lo largo de su historia, adaptándose a un entorno específico. Y del mismo modo, las cualidades de su vino cambian o mudan en función de una temperatura concreta. Cada tipo de uva, cada zumo de uva, conserva unas características concretas de textura, color, sabor, cuerpo u olor que pueden alterarse en función del frío o calor al que estén expuestos.

Todos los alimentos sufren variaciones notables en sus estructuras cuando están expuestos a más o menos temperatura, pero, sin duda, si hay un producto exquisito en el que se mime este factor, ese el vino.

Este control de la temperatura en el universo vitícola es esencial para aumentar la calidad del producto, potenciar su sabor, su textura y un sinfín de propiedades que pueden variar en función del calor o el frío que los rodea. Es de vital importancia controlar la temperatura con la que se debe tomar un vino puesto que sus cualidades dependerán en gran medida de la variante térmica.

La temperatura a la cual se debe tomar un vino tampoco es un capricho, de ella dependen el resto de factores específicos. Los expertos detallan gradaciones concretas para los diferentes tipos de vinos con el objetivo de sacarles el máximo partido a sus peculiaridades.

Por otro lado, un error común es tratar de disfrutar en época estival de un vino a baja temperatura como si fuera un refresco o viceversa. En este caso las cualidades que encierra podrían dejar de apreciarse si el vino en cuestión conserva sus propiedades a temperaturas más altas.

¿Se puede disfrutar del vino a cualquier temperatura?

Obviamente, no. Como hemos aclarado anteriormente sería un grave error por parte del consumidor tomar una copa de vino sin tener en cuenta este factor diferencial.

Existen temperaturas idóneas para un óptimo consumo del vino. Por ejemplo:

  • En el caso de los vinos espumosos la temperatura debería rondar los 7 °C.
  • Los blancos dulces, los 8 °C.
  • Los tintos jóvenes, los 9 °C.
  • Los blancos secos, los 10 °C.
  • Los blancos fermentados en barrica, 12°C.
  • Los tintos crianza, los 15 °C
  • Y los tinto reserva y gran reserva, 17 °C.

¿Por qué se deben tomar a estas temperaturas?

Porque en un vino a una temperatura baja (2, 3, o 4 °C), apenas se podrá percibir su aroma y se incrementará su sabor ácido. Y por otro lado, si está caliente, se percibirán mucho los alcoholes y los sabores dulces.


¿Es bueno atemperar una botella de vino en el congelador?

Para atemperar el vino, la mejor opción es introducir la botella en un recipiente con agua y hielo durante unos minutos: no solo es lo que menos daña el vino, sino que además es la forma más rápida de enfriarlo.

En cualquier caso, hay que evitar la tentación de meter el vino en el congelador para que se enfríe rápidamente (o todo lo contrario, acercarlo a un radiador para que se atempere): los cambios bruscos de temperatura pueden estropear el delicado producto que es el vino.

Un buen vino podría dejar de serlo por la temperatura a la que esté expuesto. Muchas variedades de uva envejecen en bodegas con unas temperaturas y humedades específicas. Dependen de estos condicionantes ambientales para aumentar su calidad. Y de la misma forma si no tenemos en cuenta la temperatura a la hora de almacenar una botella, no podremos disfrutar de sus cualidades óptimas.